No recuerdo quién decía que lo mejor que tienen los gatos es que son fieles a sí mismos, una conducta digna de imitar. Su comportamiento tiene directa relación con sus necesidades, además son exigentes con sus cercanos humanos.
Cada uno de los mininos con los que he convivido tienen sus particularidades, Puki, Muñeca y sus hermanos Pink Floyd, negrito y Canito; Gato de la Cruz, Tormentino, Leo Farkas y Sabrina. Ellos eran prestados, su crianza no era mi responsabilidad. Luego ya llegó el momento de adoptar y la primera fue Akira. No sólo alegraba mi casa, sino que también tenía especiales atenciones con los vecinos del edificio. Encantadora, vivió intensamente, tuvo una linda descendencia y un día así de la nada tuvo un ataque y falleció.
Vivía en un barrio gatuno, en el que a los callejeritos no les faltaba abrigo y alimento, todos eran conocidos.
Un día escuché maullidos el pasillo, me pareció extraño. Salgo a mirar y estaba un amarillo con cara de desorientado. Mi vecina de arriba me dice que podría invitarlo a mi casa, que ella lo haría pero ya tiene un gato. Respiré hondo y sentí miedo, aún sentía reciente la muerte de Akira, ¿qué hacer?
Era tan lindo, ya adulto. Se acercaba tímidamente ronroneando. Nos miramos a los ojos y le dije - a ver, si quieres quedarte, entra - , lo último que pensé es que me haría caso. Estábamos a varios metros de mi puerta, sin embargo lo hizo.
De eso ha pasado un año y cinco meses. Tapu –que en rapanui quiere decir respeto-, fue esterilizado, vacunado, acariciado y en una de esas visitas a la vet ella advirtió que podía tener alguna de esas enfermedades graves de su especie. Efectivamente, Tapu es portador de leucemia felina.
Los primeros meses fueron complicados: se resfriaba con facilidad, absorbía la complicada situación que atravesábamos con mi ex pareja. En fin, mucho tratamiento, vitaminas, antibióticos y visitas a la vet. Me sentía sobrepasada, no sabía si estaba haciendo bien las cosas, o más importante, si estaba haciéndole bien.
Mientras tanto él cada vez más cariñoso, más partner, de haber llegado como un tímido ser, ya se dejaba tomar en brazos.
Y así fueron pasando los días, me dediqué a estudiar sobre su enfermedad, a buscar la forma de mantener altas sus defensas. Paralelamente me separé y nos cambiamos de casa. A partir de ese momento Tapu se ha mantenido bien, en seis meses sólo se ha resfriado una vez.
Ahora que estamos mejor, he podido ver con mejor perspectiva la situación. Aprendí a generar lazos con un ser que depende de mí, de acompañarlo y esforzarme en conseguir su bienestar, en ser feliz cada mañana que despertamos y lo veo sano, jugando, comiendo. También me ha enseñado a ser más paciente, a reirme cuando me desordena o destroza algún objeto. A disfrutar con sus mimos, a recibir sus mordiscos y rasguños como parte del pack.
Con Akira fue distinto, ella tan activa y sana me enseñó que la vida puede cambiar en un minuto. Siento que no le dí lo suficiente.
Sin duda lo aprendido con estos pequeños y suaves compañeros me ha servido todas las áreas de mi vida, por eso agradezco que hayan llegado, en ambos casos sin buscarlos.
Son un regalo como todas esas experiencias que se asemejan a los cuentos que se inician con un gruñon empedernido.
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