Y en el curso de
sicogenealogía que hice el 2011 Gabriela Rodríguez nos decía que en cada
familia hay un hijo cacho. Por supuesto que los niveles de “cachitud” son
relativos y hasta quizá en algunas nos turnemos según las circunstancias a las
que nos enfrentemos.
Saliéndonos de los
parámetros imaginables están ellos, los irreemplazables en su sitio, quienes
tienen la mayor cantidad posible de veces a los demás con el alma en un hilo,
sin saber qué nueva ocurrencia o lío les acompaña.
Así me siento esta
noche, en la disyuntiva de seguir guardando secretos de familia o comenzar a
abrir el juego y escribir una extensa novela de mis consanguíneos que han
escogido caminos serpenteantes llenos de adrenalina y tragedia.
Sin embargo no es
eso lo que me motiva a hacerlo hoy. Sólo sé que me dormiré pensando en ellas,
no en cachita, sino que en las que no pegarán un ojo, en las que cargan con el
peso de las decisiones, las que no se desprenden, sufren y sufrirán.

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